domingo, 29 de noviembre de 2009

Fuego frío



Mientras la llama oscila

y vibra en tus retinas,

se funde la cera

y acaricia la vela

y todas sus esquinas.


Mientras tu me miras

y el fuego sigue quemando,

me deshago entera

y rozo la luz incorpórea

que tu sonrisa ha creado.


Más a ti no te toco,

por que demasiado te pareces a todos mis sueños

incluso a los que ya olvidé.


A ti no te rozo,

por que temo que dejes mi alma por los suelos

y ya no la pueda recomponer.



jueves, 26 de noviembre de 2009

Si la Luna cae del sueño

La única manera de asegurarse
de no dar un paso en falso nunca más
es dejar de caminar,
pararse.

No ir a ninguna parte,
bloquear, empujar la nada,
no decidir en ésta encrucijada,
dejar de demostrarse.

Si algún credo habrá de apaciguar mi locura
que sea el sueño eterno,
la luna ahogada en el cielo.

Ya lloré hasta la última gota de ternura,
y sobre mi propio rastro vuelvo,
¡Deja! Ya me entierro yo bajo el suelo.

(Hay que ver... que rápido baja lo que sube, y viceversa)

lunes, 23 de noviembre de 2009

La luz oscura

Pienso en la infinitud,
en la tragedia.
Y me viene a la cabeza
aquella luz,
la de encima de tu cama.

Ni tú recuerdas
tus propios ojos
cuando ésta menguaba.
En la oscuridad,
como brillaban.

Cerrados
los párpados del deseo,
los caminos errados,
las palabras sucias,
se quedan en el pasado.

Tres mejor que ninguna

La misma escena se produjo en tres puntos distintos de la ciudad, casi al mismo tiempo. Marga acababa de preparar el desayuno a sus dos hijos. Antes de despertarlos caminó hacía el buzón, la rojiza melena ondeando a la incipiente brisa, y revisó el correo. Reconoció con sorpresa la letra con que uno de los sobres indicaba la dirección de la casa que compartía con su futuro ex-marido. Con el ceño fruncido, se sentó a abrirla en el penúltimo escalón que conducía hacía la puerta de su hogar. Prefería leerla en secreto, lejos de Jorge, que aún estaba en la cama mentalizándose de que un nuevo día había empezado. ¿Qué querría ahora aquel impresentable que la había deslumbrado para después desaparecer durante tres días sin ninguna explicación?

Ana llevaba toda la noche despierta. Desde que había acabado el ciclo de Enfermería, trabajaba en el Hospital Clínic de Barcelona en el turno nocturno. Llegó a su humilde piso de Entença con los ojos aún celestes, envueltos en un halo rojizo y enmarcados por bolsas violáceas. Nunca revisaba el correo, pero el cansancio causado por unas horas más accidentadas de lo normal alentaba su paso, que se detuvo frente al buzón. Un sobre amarillento sobresalía junto a un prospecto publicitario. En un suspiro lo sacó y observó detenidamente. Era de Víctor, su amante más reciente. Con una medio sonrisa subió en el ascensor, esperando recibir por fin una buena noticia que la alejara de sus pesadillas diurnas.

Paula fue la última en encontrar el sobre. Los gritos estridentes de su histérica compañera de piso la arrancaron de las sábanas con una terrible resaca. Llegaba tarde a clase, otra vez, y a aquellas alturas del curso, más le valía despertar rápido y aparecer por las aulas. Frente al espejo, unió su ondulado pelo en un moño poco esmerado y se maquilló la blanca tez. Blanca volvió a entrometerse en su vida una vez más avisándola de que había recibido un sobre y no iba a esperar a ver qué contenía porque no la esperaba ni un minuto más. El portazo resonó en el diminuto piso hasta el baño, donde Paula intentaba borrar las palabras 'noche del siglo' de su frente, escritas con permanente. Menudo cabrón aquel camarero. En bata y zapatillas, café recién hecho en mano, se aproximó al sobre y al identificar la caligrafía escupió el último sorbo. El papel ocre, ya libre de su opacidad gracias al efecto del café, transparentó lo que parecía un billete de avión o tren, ¿tal vez de autobús?, y un papel escrito a mano.

Víctor no revisó su correo, al fin y al cabo, poco le importaba algo enviado a la que gustaba llamar su antigua vida. Apoyó su maleta en el rellano del bloque de pisos que no volvería a ver y revisó su aspecto en el gran espejo del umbral de la puerta de salida. Pelo casi rubio estudiadamente despeinado, ojos de un verde inquisitivo despiertos, traje planchado aceptablemente. No era su mejor día, pero estaba, como siempre, inmejorable. Salió a la calle y recibió una maraña de olores y sonidos, gente yendo y viniendo sin mirar a su alrededor con su meta para aquel día fijada de antemano, puede que incluso años atrás. Se dijo que él era diferente, él dejaba aquello atrás para iniciar el viaje de su vida. El avión estaba programado, tenía la cartera a rebosar. En el contenido de ésta destacaba la dirección de un hotel y la fotografía del hombre que debía recogerle y guiarle en su primer día en la India. A pesar de todo, había dejado lugar al azar, pues aún no sabía quién sería su acompañante.

Una vez en el taxi, de camino al aeropuerto, Víctor pensó que no era un amante codicioso. No quería viajar con las tres a la vez, algo que sin duda, sería una locura. Le bastaba una, pero no podía correr el riesgo de que esa única elegida se hiciera atrás en el último momento, dejándolo solo. Por eso había enviado tres cartas de amor idénticas a tres mujeres distintas que se había molestado en seducir días atrás. Junto a ellas, un billete de avión a la India. La primera que apareciera por el aeropuerto sería la afortunada que le ayudaría a construir su nueva vida.

Marta, que solo se parecía a Víctor en el blanco de los ojos, bajó del taxi y dirigió sus alentadoras curvas hacía el lugar donde debía facturar su pesada maleta a la India. A diferencia de él, ella llevaba la cartera prácticamente bacía. El pasaporte, una carta de despedida de su mejor amiga y un viaje de ida al país donde esperaba pasar un tiempo indeterminado plagado de nuevas experiencias, eran su único contenido. Ya en la cola, se alegró de que sus delicadas manos no tuvieran que cargar un peso excesivo más de cinco minutos más. Entonces le vio. Un hombre apuesto que irradiaba seguridad en sí mismo se detuvo frente a las pantallas que anunciaban los próximos vuelos, buscando. Tras repeinarse cuidadosamente, se colocó detrás de ella. Marta se sintió observada.

- Perdone, ¿va usted también a la India señorita? - dijo él rozándole descaradamente el hombro descubierto.

- Sí. ¿Usted también? ¿Viaje de negocios?

Sin saber porqué, ella sentía la necesidad de curiosear sobre la vida de aquel hombre que acababa de ver por primera vez. Él sonrió y dirigió sus verdes ojos hacía la maleta de ella.

- No exactamente. La verdad es que no sé muy bien a qué voy. Es la primera vez que visito la India, pero siempre me ha parecido un país interesante. Mi intención es establecerme allí y escribir un libro.


- Oh. Vaya. Yo no tengo pensado escribir nada, pero sí pasar un tiempo enriqueciendo mi carácter.

Parecía que él iba a añadir algo, cuando un sonido musical y repetitivo empezó a sonar. Él acotó la rubia cabeza en señal de disculpa y sacó su teléfono del bolsillo de la chaqueta. Mientras éste aún sonaba, volvió a hablarle.

- Nada importante. ¿Le gustaría tomar un café conmigo antes de subir al avión? Estas colas me ponen de los nervios...

- Vaciló un instante antes de responder, pero el hombre era innegablemente guapo – Pues... Sí, claro.

El teléfono aún sonaba insistentemente, Ana exasperada al otro lado de la línea y perdida en otra ala del aeropuerto, pero tras la confirmación de Marta, Víctor lo apagó en un gesto descuidado. ¿Para qué se habría molestado tanto en asegurarse una acompañante si el Azar ya le había buscado a alguien? Ahora que tenía el equipaje completo, no tenía porqué contestar a sus ya olvidadas amantes.



sábado, 21 de noviembre de 2009

Elogio del Frío


Todo comenzó con un latido. Un latido sin más, otro de tantos, pero este era distinto. Distinto porque decidió que no quería esperar al siguiente sin dejar un camino a seguir. Ella debía seguir aquel camino, le gustara o no. Era una necesidad, no un deseo, no un fruto más de su voluntad. Y así le fue descubierta, en una fracción de segundo, la dirección que convertiría en propia a cada giro de las ruedas de su bicicleta. Pedaleó sin pausa, cada vez más cerca del lugar al que se dirigía. No sabía donde estaba dicho lugar, pero sí qué sendero llevaba hasta él. Pedaleó hasta tropezar con un montículo de arena. Cayó al suelo. Había llegado.

La playa. El lugar donde el río vierte sus aguas, cansadas después de un largo viaje, el lugar donde ella fue a verter sus esperanzas. El mar, exaltado, atizaba con furia dunas y rocas. El último tramo de la serpiente fluvial reflejaba los colores intensos del atardecer en sus calmadas corrientes. El contraste se hizo el rey del lugar en pocos minutos de observación. A un lado movimiento, a otro, quietud; sobre el espejo cristalino de la ribera tonos difusos, sobre su cabeza un cielo en éxtasis pigmentario. Y allí descubrió la causa, la intención del latido que inició el viaje.

Se deshizo dolorosamente de sus ropas. Prenda por prenda, su piel quedó expuesta a los crueles elementos invernales. Sus pies rozaban la helada arena de diciembre, arena que dejó atrás en cinco pasos. Su cuerpo quedó inmerso en el agua, bajo cero, en la expresión máxima de las bajas temperaturas. Notó un leve desvanecimiento de los sentidos que dejó paso a una única sensación: el frío. Un frío puro y total que robó su tacto. Y entonces ocurrió.

Apareció alguien, algo surgido de las profundidades de la corriente. A cada movimiento rompía la imagen de los árboles reflejada en el agua en circunferencias sinuosas y progresivas. Era la Musa del Agua, que había acudido a presenciarla. Ella no se inmutó, pues la congelación de sus extremidades impedía el menor gesto indoloro. Se miraron sin conocerse, solo viéndose. Y la musa obró su magia. Como una revelación alienada, ella entendió el sentido del Frío. El Frío helaba su cuerpo para crear contraste con algo que nunca había notado antes, algo que se albergaba en su interior, justo debajo de su pecho, la calidez vital más primaria. La musa había iniciado un incendio en todas sus partes interiores. Y el Frío pasó a un segundo plano, a un medio donde la calidez residía y se incrementaba en contraste con la congelación de su piel. Allí se dio un intercambio, aprendió y olvidó. Allí la musa le descubrió un secreto guardado con ahínco entre las heladas aguas. Aquello mismo que le dio fuerzas para salir del agua, vestirse y alzar la bicicleta caída para volver a su lugar de origen.

El Frío desnuda las más íntimas partes del alma y las enciende. Una vez al descubierto, ya no pueden ser olvidadas, pues aparecen para quedarse.

Entre el suelo y el cielo

Me despierto ya consciente.
Hay un interrogante en el alféizar de la ventana.
A trompicones me acerco, lo miro de frente:
el Sol pinta una oscura mañana.

Leo la pregunta con claridad,
más ¿dónde se haya la respuesta?
No hay mucho más que mirar.
Y debo escoger:¿hacia el suelo, o mejor alzo la cabeza?

Mirar hacia abajo
va a despertarme esa sensación de vértigo,
va a liberar la voluntad de caer, a destajo.
Y reniego.

Y miro hacia arriba.
Y estudio el mar de nubes que surcan los pajarillos.
Sé que alguien ha despertado allá, puede que una arpía.
Me está mirando.

Aunque solo sea por contradecirla,
hoy tampoco saldré volando.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Pensamiento vagabundo



Siento nostalgia, tristeza. Busco y no encuentro. Y sigo buscando. ¿Pero qué? ¿Cuál es la recompensa por ser paciente un día y otro y otro más? ¿Qué espero? ¿Paz? ¿Felicidad? ¿Se esconde aquello que anhelo en alguno de estos conceptos poco claros?

Si es cierto que siento nostalgia, tristeza por lo que busco y no encuentro, tengo la seguridad de haber sido feliz. Tengo que haberlo sido antes, ya que no puedo echar de menos algo que no conozco. Simplemente, he olvidado el camino que me devolverá a mi destino, que un día fue origen. Sé con certeza que es posible ser feliz, porque yo lo fui y por eso mismo, quiero serlo.

La seguridad de que la felicidad FUE me da esperanza para seguir buscando, me ayuda a ser paciente un día tras otro, me acompaña en la espera. Curiosamente, mi esperanza resulta surgir de la propia nostalgia, pero es mucho más fuerte que ésta.

Rastro de una flor seca

No me quedó más remedio,

nunca fui alguien paciente.

Avanza el tiempo intermedio

andando a regañadientes.


Y cuando acabe la espera,

será que todo ha acabado.

Constante en mi primavera,

no veré ya más verano.


Yo, sombra entre futuras flores,

aguardaré mi momento.

Y veré morir colores,

a manos del frío invierno.


Los aromas se esfumarán,

desaparecerán de aquí,

solo una brisa dejaran,

para olvidar que los perdí.


Los olores no tienen sombra,

silueta, color o forma.

Son incapaces de revelar

nada que yo te pueda mostrar.


Así que enséñame a descubrir

frases que encierra el porvenir,

inexistencias invisibles

fruto de sueños imposibles.


Solo así llegaré a entender

que la impaciencia fue en vano,

que el tiempo ayudará a entrever

secretos en tus abrazos.

Hierba

Sara López Nieto 21 maig a les 00:58


El cielo oscuro sobrevuela nuestros cuerpos. Abraza las hojas aromáticas de los árboles que nos protegen y nos distraen, a su vez, con la delicada danza de sus hojas. El aire nos embriaga al respirar. Y expirar. Y volver a inspirar. Y suspirar. No aún entrecortadamente, sino de forma lenta y suave. Como si el perfume nos acariciara desde dentro, hacia fuera. Hacia mí, para tí. Para mí. Por eso estas aquí, aunque tanto tu como yo nos hemos perdido en un mismo momento. Pero, ¿cómo olvidar que estás a mi lado? Aún te siento vibrar, como esos tajos desnudos, de piel fibrosa. Me pregunto a quien rozaría el aire de tus miradas si yo no hubiera sido. A quien mirarías sin ver. Con los ojos cerrados. ¿Con qué miras ahora? Puede que con tu mano, que se junta con la mía, en un bulto sobre la hierba. La sientes húmeda, ¿cómo yo? Recién cortada. Pero es imposible que lo esté. No aquí donde no existen formas, solo temperaturas en la oscuridad y ligeras briznas de un fluir rítmico. En tu piel, en la mía, hay grietas que se empiezan a adivinar. Pero no hay prisa por cerrar cicatrices y dejamos que éstas vuelvan a sangrar. Que rieguen el lodo, bajo la hierba que nos une, en una misma sensación de almohada cálida, traviesa como la hormiga que pasea por tu cuello. Podría ser yo, ¿sabes? Pero yo no la veo, tú la sientes. Tú te mueves y rompes el silencio. Me recuerdas lo que es el roce de tu pelo. Y vuelvo a estremecerme y a ahogar un gemido en la garganta a la vez que abro los ojos y descubro esos indiscretos pozos oscuros que ocupan ahora el lugar de tus retinas. Sin reflejo, sin espejo, llenos de un vacío aterrador. Son espirales, que giran y me hacen adelantar el rostro. Un poco más cerca de la curva de tu sonrisa. Un poco más lejos de las palabras no dichas.