sábado, 21 de noviembre de 2009

Elogio del Frío


Todo comenzó con un latido. Un latido sin más, otro de tantos, pero este era distinto. Distinto porque decidió que no quería esperar al siguiente sin dejar un camino a seguir. Ella debía seguir aquel camino, le gustara o no. Era una necesidad, no un deseo, no un fruto más de su voluntad. Y así le fue descubierta, en una fracción de segundo, la dirección que convertiría en propia a cada giro de las ruedas de su bicicleta. Pedaleó sin pausa, cada vez más cerca del lugar al que se dirigía. No sabía donde estaba dicho lugar, pero sí qué sendero llevaba hasta él. Pedaleó hasta tropezar con un montículo de arena. Cayó al suelo. Había llegado.

La playa. El lugar donde el río vierte sus aguas, cansadas después de un largo viaje, el lugar donde ella fue a verter sus esperanzas. El mar, exaltado, atizaba con furia dunas y rocas. El último tramo de la serpiente fluvial reflejaba los colores intensos del atardecer en sus calmadas corrientes. El contraste se hizo el rey del lugar en pocos minutos de observación. A un lado movimiento, a otro, quietud; sobre el espejo cristalino de la ribera tonos difusos, sobre su cabeza un cielo en éxtasis pigmentario. Y allí descubrió la causa, la intención del latido que inició el viaje.

Se deshizo dolorosamente de sus ropas. Prenda por prenda, su piel quedó expuesta a los crueles elementos invernales. Sus pies rozaban la helada arena de diciembre, arena que dejó atrás en cinco pasos. Su cuerpo quedó inmerso en el agua, bajo cero, en la expresión máxima de las bajas temperaturas. Notó un leve desvanecimiento de los sentidos que dejó paso a una única sensación: el frío. Un frío puro y total que robó su tacto. Y entonces ocurrió.

Apareció alguien, algo surgido de las profundidades de la corriente. A cada movimiento rompía la imagen de los árboles reflejada en el agua en circunferencias sinuosas y progresivas. Era la Musa del Agua, que había acudido a presenciarla. Ella no se inmutó, pues la congelación de sus extremidades impedía el menor gesto indoloro. Se miraron sin conocerse, solo viéndose. Y la musa obró su magia. Como una revelación alienada, ella entendió el sentido del Frío. El Frío helaba su cuerpo para crear contraste con algo que nunca había notado antes, algo que se albergaba en su interior, justo debajo de su pecho, la calidez vital más primaria. La musa había iniciado un incendio en todas sus partes interiores. Y el Frío pasó a un segundo plano, a un medio donde la calidez residía y se incrementaba en contraste con la congelación de su piel. Allí se dio un intercambio, aprendió y olvidó. Allí la musa le descubrió un secreto guardado con ahínco entre las heladas aguas. Aquello mismo que le dio fuerzas para salir del agua, vestirse y alzar la bicicleta caída para volver a su lugar de origen.

El Frío desnuda las más íntimas partes del alma y las enciende. Una vez al descubierto, ya no pueden ser olvidadas, pues aparecen para quedarse.

1 comentario:

  1. Vagamente me recuerda a mis paseos por el camino a orillas del Muga hasta que desemboca en la playa.

    La diferencia es que el verano me impide sentir frío, excepto el que me produce cierta soledad que, a veces, siento.

    Un relato muy sugestivo.

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