jueves, 19 de noviembre de 2009

Hierba

Sara López Nieto 21 maig a les 00:58


El cielo oscuro sobrevuela nuestros cuerpos. Abraza las hojas aromáticas de los árboles que nos protegen y nos distraen, a su vez, con la delicada danza de sus hojas. El aire nos embriaga al respirar. Y expirar. Y volver a inspirar. Y suspirar. No aún entrecortadamente, sino de forma lenta y suave. Como si el perfume nos acariciara desde dentro, hacia fuera. Hacia mí, para tí. Para mí. Por eso estas aquí, aunque tanto tu como yo nos hemos perdido en un mismo momento. Pero, ¿cómo olvidar que estás a mi lado? Aún te siento vibrar, como esos tajos desnudos, de piel fibrosa. Me pregunto a quien rozaría el aire de tus miradas si yo no hubiera sido. A quien mirarías sin ver. Con los ojos cerrados. ¿Con qué miras ahora? Puede que con tu mano, que se junta con la mía, en un bulto sobre la hierba. La sientes húmeda, ¿cómo yo? Recién cortada. Pero es imposible que lo esté. No aquí donde no existen formas, solo temperaturas en la oscuridad y ligeras briznas de un fluir rítmico. En tu piel, en la mía, hay grietas que se empiezan a adivinar. Pero no hay prisa por cerrar cicatrices y dejamos que éstas vuelvan a sangrar. Que rieguen el lodo, bajo la hierba que nos une, en una misma sensación de almohada cálida, traviesa como la hormiga que pasea por tu cuello. Podría ser yo, ¿sabes? Pero yo no la veo, tú la sientes. Tú te mueves y rompes el silencio. Me recuerdas lo que es el roce de tu pelo. Y vuelvo a estremecerme y a ahogar un gemido en la garganta a la vez que abro los ojos y descubro esos indiscretos pozos oscuros que ocupan ahora el lugar de tus retinas. Sin reflejo, sin espejo, llenos de un vacío aterrador. Son espirales, que giran y me hacen adelantar el rostro. Un poco más cerca de la curva de tu sonrisa. Un poco más lejos de las palabras no dichas.

1 comentario:

  1. Leo y presiento. Sueño y adoro. Me miro y te veo.

    Observo a tus palabras crecer sin más techo que la sombra de tus dedos, huidizas, profundas, inquisitivas, dolientes, anhelantes, sedientas, son la luz maleable que una mente esconde entre las esquinas de tu pelo. Ahora, me deslizo suavemente, bajo casi por completo y continuo apoyándome en tus párpados que me evitan caer al infinito de los cuerpos vacíos. Trepo y me ayudo de ese bello amargo que, como un vaivén, sopla un viento helado, pero calmada la tormenta, una brisa queda. Una brisa con la que me dejo flotar hasta llegar frente a ti, te veo como a un cíclope. Logro llegar, por fin, hasta la orilla de tus ojos, esa sábana cristalina que envidian las aguas más presumidas. Palpo tu mirada con unas manos infantiles, inocentes de romper cuál denotan. El cíclope cierra los ojos. Duermes. Me acurruco entre tus labios y consigo dormir contigo, hasta que tu respiración me envía al infinito de los oleajes airosos, alejándome de mi estridente escalada, mi universo tangible: tus palabras escritas en verso, éste último, éxtasis puro, alejado de despertar para decirte quién soy, más que un anónimo grito que el vacío agoniza, un verso. Más que una mirada que se apaga entre lágrimas. Lágrimas dulces que hubiésemos compartido al despertar, en saladas olas que, al bañarnos en ellas nos erizan la piel y nos acarician susurrando besos, quemados por la sal. Sumergiéndose estos en una melancólica agonía, en las oscuras aguas que los esperan, ansiosas, deseosas de su amargo final.

    Todo ficción, nada personal.

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