lunes, 23 de noviembre de 2009

Tres mejor que ninguna

La misma escena se produjo en tres puntos distintos de la ciudad, casi al mismo tiempo. Marga acababa de preparar el desayuno a sus dos hijos. Antes de despertarlos caminó hacía el buzón, la rojiza melena ondeando a la incipiente brisa, y revisó el correo. Reconoció con sorpresa la letra con que uno de los sobres indicaba la dirección de la casa que compartía con su futuro ex-marido. Con el ceño fruncido, se sentó a abrirla en el penúltimo escalón que conducía hacía la puerta de su hogar. Prefería leerla en secreto, lejos de Jorge, que aún estaba en la cama mentalizándose de que un nuevo día había empezado. ¿Qué querría ahora aquel impresentable que la había deslumbrado para después desaparecer durante tres días sin ninguna explicación?

Ana llevaba toda la noche despierta. Desde que había acabado el ciclo de Enfermería, trabajaba en el Hospital Clínic de Barcelona en el turno nocturno. Llegó a su humilde piso de Entença con los ojos aún celestes, envueltos en un halo rojizo y enmarcados por bolsas violáceas. Nunca revisaba el correo, pero el cansancio causado por unas horas más accidentadas de lo normal alentaba su paso, que se detuvo frente al buzón. Un sobre amarillento sobresalía junto a un prospecto publicitario. En un suspiro lo sacó y observó detenidamente. Era de Víctor, su amante más reciente. Con una medio sonrisa subió en el ascensor, esperando recibir por fin una buena noticia que la alejara de sus pesadillas diurnas.

Paula fue la última en encontrar el sobre. Los gritos estridentes de su histérica compañera de piso la arrancaron de las sábanas con una terrible resaca. Llegaba tarde a clase, otra vez, y a aquellas alturas del curso, más le valía despertar rápido y aparecer por las aulas. Frente al espejo, unió su ondulado pelo en un moño poco esmerado y se maquilló la blanca tez. Blanca volvió a entrometerse en su vida una vez más avisándola de que había recibido un sobre y no iba a esperar a ver qué contenía porque no la esperaba ni un minuto más. El portazo resonó en el diminuto piso hasta el baño, donde Paula intentaba borrar las palabras 'noche del siglo' de su frente, escritas con permanente. Menudo cabrón aquel camarero. En bata y zapatillas, café recién hecho en mano, se aproximó al sobre y al identificar la caligrafía escupió el último sorbo. El papel ocre, ya libre de su opacidad gracias al efecto del café, transparentó lo que parecía un billete de avión o tren, ¿tal vez de autobús?, y un papel escrito a mano.

Víctor no revisó su correo, al fin y al cabo, poco le importaba algo enviado a la que gustaba llamar su antigua vida. Apoyó su maleta en el rellano del bloque de pisos que no volvería a ver y revisó su aspecto en el gran espejo del umbral de la puerta de salida. Pelo casi rubio estudiadamente despeinado, ojos de un verde inquisitivo despiertos, traje planchado aceptablemente. No era su mejor día, pero estaba, como siempre, inmejorable. Salió a la calle y recibió una maraña de olores y sonidos, gente yendo y viniendo sin mirar a su alrededor con su meta para aquel día fijada de antemano, puede que incluso años atrás. Se dijo que él era diferente, él dejaba aquello atrás para iniciar el viaje de su vida. El avión estaba programado, tenía la cartera a rebosar. En el contenido de ésta destacaba la dirección de un hotel y la fotografía del hombre que debía recogerle y guiarle en su primer día en la India. A pesar de todo, había dejado lugar al azar, pues aún no sabía quién sería su acompañante.

Una vez en el taxi, de camino al aeropuerto, Víctor pensó que no era un amante codicioso. No quería viajar con las tres a la vez, algo que sin duda, sería una locura. Le bastaba una, pero no podía correr el riesgo de que esa única elegida se hiciera atrás en el último momento, dejándolo solo. Por eso había enviado tres cartas de amor idénticas a tres mujeres distintas que se había molestado en seducir días atrás. Junto a ellas, un billete de avión a la India. La primera que apareciera por el aeropuerto sería la afortunada que le ayudaría a construir su nueva vida.

Marta, que solo se parecía a Víctor en el blanco de los ojos, bajó del taxi y dirigió sus alentadoras curvas hacía el lugar donde debía facturar su pesada maleta a la India. A diferencia de él, ella llevaba la cartera prácticamente bacía. El pasaporte, una carta de despedida de su mejor amiga y un viaje de ida al país donde esperaba pasar un tiempo indeterminado plagado de nuevas experiencias, eran su único contenido. Ya en la cola, se alegró de que sus delicadas manos no tuvieran que cargar un peso excesivo más de cinco minutos más. Entonces le vio. Un hombre apuesto que irradiaba seguridad en sí mismo se detuvo frente a las pantallas que anunciaban los próximos vuelos, buscando. Tras repeinarse cuidadosamente, se colocó detrás de ella. Marta se sintió observada.

- Perdone, ¿va usted también a la India señorita? - dijo él rozándole descaradamente el hombro descubierto.

- Sí. ¿Usted también? ¿Viaje de negocios?

Sin saber porqué, ella sentía la necesidad de curiosear sobre la vida de aquel hombre que acababa de ver por primera vez. Él sonrió y dirigió sus verdes ojos hacía la maleta de ella.

- No exactamente. La verdad es que no sé muy bien a qué voy. Es la primera vez que visito la India, pero siempre me ha parecido un país interesante. Mi intención es establecerme allí y escribir un libro.


- Oh. Vaya. Yo no tengo pensado escribir nada, pero sí pasar un tiempo enriqueciendo mi carácter.

Parecía que él iba a añadir algo, cuando un sonido musical y repetitivo empezó a sonar. Él acotó la rubia cabeza en señal de disculpa y sacó su teléfono del bolsillo de la chaqueta. Mientras éste aún sonaba, volvió a hablarle.

- Nada importante. ¿Le gustaría tomar un café conmigo antes de subir al avión? Estas colas me ponen de los nervios...

- Vaciló un instante antes de responder, pero el hombre era innegablemente guapo – Pues... Sí, claro.

El teléfono aún sonaba insistentemente, Ana exasperada al otro lado de la línea y perdida en otra ala del aeropuerto, pero tras la confirmación de Marta, Víctor lo apagó en un gesto descuidado. ¿Para qué se habría molestado tanto en asegurarse una acompañante si el Azar ya le había buscado a alguien? Ahora que tenía el equipaje completo, no tenía porqué contestar a sus ya olvidadas amantes.



2 comentarios:

  1. Vaya, veo que no te falta imaginación. Un relato muy curioso y bien trenzado.

    un saludo.

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  2. qué cabron!!!!!!

    pandora

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